| Penetra profundo en mi dolor
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| Clandestino y silencioso, pero nunca para calmarse
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| Una maldición que no lleva rostro ni disfraz
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| He aquí los cielos lustrosos que despiertan mi desprecio
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| Todavía codicio mil ojos para poseer
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| Cuando el atardecer pinta la perfección más completa
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| Así que me apresuro a acosar lo que queda de la luz
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| En la gracia de la oscuridad para empoderar mi vista
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| … para buscar lo que aparentemente nunca se encuentra
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| ¿Por qué me has roto las alas?
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| ¿Has visto peligro en mí?
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| Acusándome de actos pérfidos
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| ¿Fue tu máxima estupidez
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| Porque esas eran solo ambiciones
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| Un soberano mayor que tú para ser
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| Entonces, traición tú promulgaste
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| porque el miedo al destronamiento te exaltaba:
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| «¡Fuera, miserable criatura del orgullo!
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| ¡En los brazos ardientes del olvido seas arrullado para siempre!»
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| Sin embargo, tu sentencia acepté con burla:
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| «¿Quién eres tú para juzgarme?
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| ¡Cuán rencorosas serían tus palabras!
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| ¡No me inclino ante nadie, así no lo haré ante ti!»
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| Entonces la maldición fue lanzada
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| Y me había quedado horrorizado
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| Con mis hordas usando cuernos nuevos
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| Como sombras espeluznantes cubiertas de encaje negro
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| En los pozos siempre ardientes descendimos
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| Como un espíritu fantasma
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| Que engendra el fuego eterno
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| El abismo en llamas y el secreto que guarda
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| Estaban allí para mí, un nuevo hogar para ser...
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| Sin carne pero despierto
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| Sin forma y abandonado
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| La serpiente de antaño soy
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| Aún palpitando en la profundidad
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| Del nacimiento de esta tragedia
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| Con la «misericordia de Dios» grabada en mi corazón
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| Pero incluso torturado por los latigazos de millones de látigos divinos
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| Ninguna palabra de penitencia pasará jamás por mis labios |