| Como campanas de carillón, suena la casa de Augusto
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| Con el eco del himno de mi compañero paseriformes, se dieron a la tarea
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| Como un zorro a una madriguera, como un águila a un nido
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| Y Dios mío, se está volviendo difícil incluso tararear una sola cosa
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| Porque eras la canción que siempre cantaría
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| Eras la luz que traería el fuego
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| Pero no puedo deshacerme de este sentimiento de que solo estaba
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| Empujando la lanza en tu costado otra vez
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| Mira, mis pájaros de una especie, cada vez más se parecen a
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| Centuriones que cualquier pequeño mesías
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| Y mientras podo mis plumas como las hojas de una vid
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| Veo que cada vez tenemos menos en especie, pero
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| Mis palmas y dedos aún apestan a gasolina
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| De echar leña al fuego de aquel sueño grecorromano
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| Purificando la roca sagrada para derretir las vetas doradas
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| No me trae alivio, no, no me trae nada que
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| Eras la canción que siempre cantaría
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| Eras la luz que traería el fuego
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| Pero no puedo deshacerme de este sentimiento de que solo estaba
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| Empujando la lanza en tu costado otra vez
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| Y una y otra vez
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| Cuando él viene a llamar a mi puerta
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| ¿Qué debo hacer, qué debo hacer, oh, señor?
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| Cuando el viento frío llega desde el norte
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| ¿Qué debo hacer, qué debo hacer, oh, señor?
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| Cuando él viene a llamar a mi puerta
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| ¿Qué debo hacer, qué debo hacer, oh, señor?
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| Cuando el viento frío llega desde el norte
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| ¿Qué debo hacer, qué debo hacer, oh, señor?
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| Cuando él viene a llamar a mi puerta
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| ¿Qué debo hacer, qué debo hacer, oh, señor?
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| Cuando el viento frío llega desde el norte
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| ¿Qué debo hacer, qué debo hacer, oh, señor? |