| No hay santos ni maestros
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| no hay razon aqui ni rima
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| solo los misioneros de la muerte vestidos de negro
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| peaje
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| las campanas del tiempo
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| abajo a lo largo de la frontera
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| en un camino solitario
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| Vi a un hombre con túnicas sueltas
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| su cabello era blanco como la nieve
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| dijo que tenia quinientos años
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| y sus manos estaban frías como el hielo
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| de tocar a todos los muertos
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| quién había jugado el precio más alto
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| por vivir en sus montañas
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| y corriendo en su hierba
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| dijo que había venido a tomar su pago
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| antes de que pasara la hora
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| estaba cansado de ver ladrones sobre
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| lo que una vez fue solo suyo
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| y cenizas en sus valles
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| donde una vez crecieron las flores
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| dijo que había visto a los reyes extranjeros
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| ven marchando por el barro
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| para tallar su imagen en la tierra
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| y escribir sus nombres con sangre
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| y dejar un legado de odio
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| sobre esta tierra dormida
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| que ella nunca podría levantarse de nuevo
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| esperar la mano que alimenta
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| había visto levantarse las iglesias aureoladas
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| había visto caer a los héroes
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| para mentir debajo de sus banderas
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| mientras Judas se yergue tan alto
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| donde detrás de la espada escarlata de César
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| un Jesús sonriente está de pie
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| sin espinas en su frente encapuchada
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| sin agujeros en su hombro
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| no hay marca de vergüenza
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| sobre los vendedores de la verdad
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| para que nadie sepa su nombre |