| Ven conmigo en mi Mackinaw
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| Te indicaré dónde debes ir
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| Aunque nuestro camino puede doblarse y guiñar
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| no te perderás
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| Con mi proa puntiaguda y popa cuadrada
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| Usaremos nuestros brazos como remos
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| A los pequeños cardúmenes de peces
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| Haz surcos en forma de festones en las volubles olas
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| Hasta que el viento aullador nos lleve a irnos
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| En el mar durante días
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| Duermo la mayoría de las tardes
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| Y nos rodeas ansiosamente
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| Hasta que veamos tierra
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| Pero la tierra que conocíamos
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| Era ahora un nuevo paisaje
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| Y el viento aullador nos invitó a salir
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| Pero querías mirar más de cerca
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| Luego agarrados a la barandilla, cómo nuestras mejillas se pusieron pálidas
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| Para ver las máquinas voladoras cerca de recortar las casas
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| Y tirar besos al banco de arena
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| Pequeños zarcillos de humo saliendo del escape
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| En estelas parabólicas, descendiendo en picado como gaviotas
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| Haciendo que la ciudad tiemble y se estremezca
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| Estaba claro que la ciudad no era nada
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| Pero un trozo de chatarra de aluminio
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| Oh, y el viento aullador nos invitó a salir
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| Pero no pudimos movernos, nos quedamos para siempre cambiados
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| Cuando algo termina, algo tiene que empezar
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| Cuando los filamentos de fibra
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| De sus bengalas incendiadas
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| Tu cabello parecía chispa en un cable
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| habría pagado mi último dólar
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| Verte lambiendo así
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| Iluminado por la luz de diez mil soles encadenados
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| Estar colgado de un hilo delgado
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| Tamizar entre los escombros en busca de sueños a medias
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| Restos de cambio de bolsillo
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| Cosas bonitas, con volantes, desechadas
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| Gasa y polvo y fragmentos de vidrio
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| Ladrillos y pajitas dobladas y dientes de galgo
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| Y el viento aullador nos invitó a salir |